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La cabeza.



El viento levantaba polvo y el sol acariciaba los tejados negros con un brillo cálido. Un paseo agotador que estaba cerca del fin, por un dolor de espalda repentino que le haría dar la media vuelta en poco tiempo. El pueblo estaba tranquilo; el verano, el sábado y ni una nube, todo intervenía en esa reacción colectiva de soledad. La dureza del sol aminoraba con cada paso que le acercaba al final del pueblo, justo antes de los campos de cosecha, que se asomaban tímidos detrás de las casas. Había visto poca gente a lo largo del trayecto, algún que otro coche atestado pero poco más, por ese mismo motivo el encontrarse con un señor, ataviado con un buen abrigo de lana gris y el pero negro ralo, no pudo sino interesar al joven. 


 El hombre estaba junto a un BMW blanco y moderno, introduciendo, dentro del mismo, lo que parecían bolsas de basura de los cubos. El transeúnte pasaría un buen rato examinando la basura, luego cogía un trozo, de algo que el protagonista no podía diferenciar, y lo metía en el coche aparcado, a un par de metros, con la puerta de atrás abierta. Puede que el protagonista no se diese cuenta de primeras, puede que estuviese lento debido a un trance propio del paseo, aunque al fin encontró un elemento que le sacó de su ensoñación. Una cabeza ovina entre las sucias manos de aquel inquietante hombre, con el cuello colgando, que recorrió, con el pertinente reguero de sangre, los dos metros del cubo al coche. 


Él, nuestro protagonista, se escondió con velocidad felina y con gestos estáticos detrás de un coche. Se asustó. “Ese hombre no parecía cazador, pero vamos que, aunque fuese cazador, no tiene sentido que saque una puta cabeza de una cabra de una basura en medio de la calle.” El loco, por algún motivo, empezó a mirar hacia la dirección del escondite del protagonista. Este no recordaba haber hecho ruido alguno. Tampoco recordaba estar tan lejos del pueblo como para que esta locura tuviese sentido. Racionalizaba la situación, mientras, veía como el enajenado se acercaba con paso lento, un coche sonó a lo lejos en la carretera, entonces paró y retrocedió a su BMW. El primer coche pasó de largo y el coche estacionado no tardó en arrancar, definitivamente, y dejar la carretera desierta. 


Al cabo de un buen rato, prudente por la posible vuelta del loco, se adelantó por la carreta de doble sentido que iba directa al final del pueblo. El sol se tornaba rojo y las sombras de los postes eléctricos se alargaban como dedos retorcidos alrededor de los cubos. 


Lo que parecía sangre de lejos, era sangre de cerca. Lo que era tensión antes, era miedo ahora. Un miedo mórbido que lo arrastro hasta el lado del contenedor, quería asomar la cabeza o salir corriendo. Dentro, las paredes del cubo revestidas por tripas y sangre conservaba cadaveres de múltiples animales e insectos, el olor a muerte y a locura se le metio por la nariz y acabó en el estómago. Él vomitó. Vomitó otra vez con mucha más fuerza. Algo insólito, ya que poco había en ese estómago. “Siempre hay algo que perder.” El dolor empezó punzante en la parte atras del cráneo, le dió vueltas la cabeza y cayó incosciente. Un grito espeluznante, unos pájaros salieron volando, un perro ladraba y se hizo la noche.

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